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Categoría: Dominacion
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Sueños Humedos
Susana, tal vez por los primeros calores del año, se sentía hoy extraña. Le molestaba toda la ropa, incluso el pantalón corto y la camiseta que cubrían su cuerpo. Continuamente apartaba los rizos de su larguísima melena oscura como si creyera que iba a evitar así el calor. Y el libro que estaba leyendo, Las edades de Lulú de Almudena Grandes no hacía más que aumentar esa sensación distinta que la invadía. Le estimulaba más que los relatos de fantasía que solía leer.
Había encontrado el libro bajo la cama de su hermano, que sin duda trataba de ocultarlo a sus padres, y llena de curiosidad había comenzado a leerlo. Mientras lo leía comenzaba a notar un algo nuevo, un algo que crecía en su entrepierna en forma de humedad, y se extendía por todo su cuerpo con efectos distintos. Los pezones, endurecían hasta notarse marcados en la camisa, y toda su piel estaba particularmente sensible, empezando por sus escasos pechitos, siguiendo por su cuello, su vientre y hasta por la cara interna de los muslos. Sin parar de leer las aventuras de la tal Lulú, comenzó a acariciarse las partes del cuerpo mencionadas, llegando incluso a meter la mano en el pantalón y tocar su almeja nunca abierta por encima de unas braguitas que empezaban a almacenar una humedad evidente.
Entonces oyó a su madre llegar.
Susana, vete a la cama porque mañana has de madrugar.
Y la hija, escondiendo rápidamente el libro bajo la almohada, se dispuso a obedecer. Se quitó la camiseta, liberando unos pequeños pechitos que no necesitaban sujetador, bajó sus pantalones y se puso un camisón corto y transparente. Antes de acostarse decidió quitarse las braguitas mojadas y ponerse otras secas, igualmente blancas y pequeñas, que por detrás apenas alcanzaban a cubrir la mitad de sus firmes y redondeadas nalgas. Más cómoda, se ajustó un antifaz, pues era muy maniática respecto a la luz, se introdujo en la cama y, pese al calor, no tardó en quedarse dormida.
La mente es un curioso órgano que no deja de jugarnos malas pasadas. El sueño de Susana fue de un lado a otro, primero con sus compañeras de colegio, luego en una excursión y finalmente montando un caballo blanco. Cuando se fijó mejor, el caballo se transformó en un unicornio que galopaba incansable de un lado a otro. Nuestra protagonista se sentía muy bien, completamente liberada de preocupaciones, y notaba un roce muy agradable de su entrepierna con el duro lomo de la fabulosa criatura.
Su mente, ya muy excitada, se concentró en el placer que empezaba a notar. Cuando miró de nuevo al unicornio, ya no estaba. En su lugar, un centauro era quien la transportaba. De prono se detuvo, giró el torso y la agarró con sus fuertes brazos. A Susana le pareció guapísimo, con esos ojos negros como los de ella, ese corto pelo negro rizado y esos gruesos labios. Además, era muy fuerte, y lo que más le atraía de los chicos era que tuvieran brazos fuertes. Con delicadeza casi impropia de su fortaleza, la depositó en la hierba de la pradera sobre la que había galopado, e inclinándose sobre su cuerpo tendido introdujo su cabeza bajo el camisón y comenzó a lamer sus braguitas, que pese a todo ya tenían un aspecto de humedad como las otras.
Los brazos de aquel ser alzaron las piernas de ella, manteniéndolas separadas y apoyándolas en sus hombros, para luego dedicar sus manos a la delicada tarea de acariciarla de arriba abajo, deteniéndose primero en sus durísimos pezoncitos, luego en su cuello, siguiendo por vientre y muslos para terminar bajándole las braguitas hasta las rodillas, descubriendo su virgen rajita para que lengua y dedos arrancasen de ella tremendos suspiros.
Susana se dio cuenta de que algo extraño ocurría y abrió los ojos. Estaba oscuro. Se llevó las manos al antifaz para retirarlo y unas manos la sujetaron por sus muñecas.
¡Sssssst! la mandó callar alguien mientras comenzaba a despejarse su mente.
El sueño era real. Alguien seguía lamiendo su lampiña vagina a conciencia, incluso aprovechaba para entrar dentro de su agujerito un poco. Con una mano retiraba del todo sus braguitas, y su camisón ya debía llevar tiempo tapando sólo sus hombros.
El placer era tan grande que se abandonó a él. Nunca había sentido algo parecido. Ahora sus muñecas quedaban libres, y una mano acudía a separar sus labios mayores y a acariciar su clítoris. Lo notó llegar como una enorme ola que barría su cuerpo y lo hacía retorcerse.
¡Ah, Dios mío! ¿Qué me haces? Me vas a partir en dos. ¡Ah! ¡Ah! ¡Aaaaaaaaaaah! Sigue, por Dios, no pares. No sé lo que me haces, pero no pares.
Y así, entre tremendos gemidos de placer que Susana procuraba contener, conoció el primer orgasmo de su vida. No sería el último. El desconocido, al ver que intentaba quitarse el antifaz, dejó de chuparle su intimidad para agarrar las manos de ella y llevarlas a la cabecera de la cama, donde empezó a atarlas para inmovilizarla del todo. Susana, ahora más despierta, se asustó un poco.
¿Qué me haces? ¿Quién eres? Suéltame las manos o llamaré a mis padres.
Como toda respuesta, el desconocido empezó a introducir dedos en la boca de ella. Chúpalos y calla. Como llames a alguien te vas a perder más placer del que has tenido en tu vida. La voz de él era muy grave, irreconocible para Susana, quien se acordó del reciente orgasmo y decidió chupar con fuerza y no decir nada. Pronto, los cinco dedos estuvieron empapados por la saliva de la chica, quien notó como él se ponía invertido sobre ella, con el pene sobre su boca y chupando de nuevo su cuevita. Y vaya pene. Estaba duro como el acero, y debía medir como veinte centímetros, amén de ser muy grueso. Y ese par de pelotas. Susana no tenía medida para comparar, pero pensó que estaba muy bien dotado.
Como quiera que la lengua de él no paraba de recorrer el camino entre los dos agujeritos de ella, y los dedos jugaban con el clítoris tirando de él y soltándolo, o acariciándolo, o entrando un poco dentro de su coñito, o incluso tratando de penetrarla por el esfínter, ella se fue excitando otra vez. Empezó a lamerle las pelotas, y después a recorrer ese grueso tronco como quien lame un helado, deteniéndose sobre todo en el glande. Pronto él acomodó su pene apuntando a los labios y entró poco a poco en su boca, donde comenzó una cópula salvaje en la que Susana hacía verdaderos esfuerzos por tragar con su garganta aquellas acometidas viciosas. Al distraerse con el rabo juguetón, el amante desconocido aprovechó su relajación para entrar con dos dedos en el recto, empezando a penetrarla también por este agujero con una pausa que iba cediendo a la pasión poco a poco.
Aquellos dedos osados estaban provocando un dolor apenas mitigado por la mamada que le hacía en la almeja, y la hubieran llevado a gritar de no haber estado perfectamente silenciada por aquel pollón en la boca. Y, cuando ya se había acostumbrado a la penetración anal, paró de producirse. Él se colocó entre sus piernas y, colocando éstas en perpendicular el tranco, las abrió al máximo, casi 180º por la enorme elasticidad de Susana, quien empezaba a comprender lo que venía ahora.
Por favor, hazlo con cuidado. Soy virgen.
Y él acercó su enorme miembro a la entrada de sus entrañas y, mientras con una mano acariciaba su clítoris, con la otra separaba los labios vaginales. Pronto el glande se abría paso hacia el interior de aquella tierra nunca hollada, encontrando pronto la tenue oposición del clítoris. Susana estaba tan mojada que incluso aquel émbolo entraba con facilidad en su interior. De pronto, de un fuerte empujón, aquella barrera fue violada, y el pene invasor comenzó a entrar y salir con velocidad. Se ve que, tras la mamada, el desconocido tenía ganas de correrse.
Susana recibió aquel pene con un inmenso placer. Su recorrido acelerado por el conducto vaginal hacia un lado y hacia otro llevaba de nuevo aquel placer inmenso a derramarse por toda ella. Esta vez, la corrida fue acompañada por gran cantidad de líquido que empapó la sábana.
Aaaaaaah. Pero, ¿qué me estás haciendo? Párteme en dos, hazme tuya para siempre. ¡Oh! ¡Ah! ¡Aaaaa! ¡Sigue! ¡Vamos, no pares! Y, efectivamente, no sólo no paró, sinó que aceleró aún más el ritmo, provocando el tercer orgasmo de nuestra protagonista. Viendo que aún tenía para rato, y por no pasarlo dentro de ese agujerito, en una salida probó a entrar por otro lado. Se acercó más a ella, separó al máximo sus piernas y tiró de ella hasta subirla un poco en sus rodillas flexionadas. Susana notó como aquel cálido tronco, ahorra muy mojado y resbaladizo, trataba de abrirse paso entre los cachetes de su culo, que las manos de él separaban para facilitar la invasión. De nuevo se sintió asustada.
Espera, no me hagas eso. Me va a doler mucho, a mi amiga Yoli se lo hicieron y dice que hace mucho daño. No sigas, por favor, que. ¡Aaaaaaah! ¡Qué daño, bestia, me has roto el culo, animal! ¡aaaa, aaaa, aaaaaaaaa, aaaaaaaaaaaaa, aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!
Los gemidos de ella respondían a los dedos que acariciaban de nuevo su clítoris, dos de ellos entrando y saliendo de su estrecho coñito. En ningún momento Susana trató de elevar la voz, temiendo que entraran sus padres en el cuarto. Pero la verdad es que, a pesar del dolor inicial, las expertas caricias en su sexo y, ¿por qué no decirlo?, el roce del duro y gordo miembro de él en un lugar que ella no acertaba a situar, pero que le producía un gran placer; la estaba llevando todavía más allá del elevado nivel de placer que habían alcanzado antes.
¡Me viene otra vez, lo noto! ¡Aaaaaaaaaaa, aaaaaaaaaaaa, aaaaaaaaaaaaaaaaa, aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa! No pares, sigue, sigue, sigue, dame más, dame más, sí, sí.
Y entonces fue cuando Susana, al notar un calor tremendo en su ano, fruto de la copiosa corrida de él, explotó embriagándose en su placer, teniendo un orgasmo tan fuerte que le hizo desvanecerse.
A la mañana siguiente, al despertarse, no notó nada anormal. Llevaba las braguitas puestas, el camisón también, sus muñecas estaban libres de ataduras,. ¿Habría sido un sueño? Se levantó, se duchó y vistió, y mientras hacía la cama notó unas manchas pequeñas de color ocre, así como una mancha como de sudor seco a la misma altura de la cama: donde ella apoyaba su culito al tumbarse. Llevó su mano bajo la falda y tocó la vagina por encima de las bragas, recordando la maravillosa desfloración de que había sido objeto por sus tres agujeros. No la olvidaría nunca, y siempre quiso saber quién le había dado ese primer placer.
odía esperar su virgen coñito.
Susana, tal vez por los primeros calores del año, se sentía hoy extraña. Le molestaba toda la ropa, incluso el pantalón corto y la camiseta que cubrían su cuerpo. Continuamente apartaba los rizos de su larguísima melena oscura como si creyera que iba a evitar así el calor. Y el libro que estaba leyendo, Las edades de Lulú de Almudena Grandes no hacía más que aumentar esa sensación distinta que la invadía. Le estimulaba más que los relatos de fantasía que solía leer.
Había encontrado el libro bajo la cama de su hermano, que sin duda trataba de ocultarlo a sus padres, y llena de curiosidad había comenzado a leerlo. Mientras lo leía comenzaba a notar un algo nuevo, un algo que crecía en su entrepierna en forma de humedad, y se extendía por todo su cuerpo con efectos distintos. Los pezones, endurecían hasta notarse marcados en la camisa, y toda su piel estaba particularmente sensible, empezando por sus escasos pechitos, siguiendo por su cuello, su vientre y hasta por la cara interna de los muslos. Sin parar de leer las aventuras de la tal Lulú, comenzó a acariciarse las partes del cuerpo mencionadas, llegando incluso a meter la mano en el pantalón y tocar su almeja nunca abierta por encima de unas braguitas que empezaban a almacenar una humedad evidente.
Entonces oyó a su madre llegar.
Susana, vete a la cama porque mañana has de madrugar.
Y la hija, escondiendo rápidamente el libro bajo la almohada, se dispuso a obedecer. Se quitó la camiseta, liberando unos pequeños pechitos que no necesitaban sujetador, bajó sus pantalones y se puso un camisón corto y transparente. Antes de acostarse decidió quitarse las braguitas mojadas y ponerse otras secas, igualmente blancas y pequeñas, que por detrás apenas alcanzaban a cubrir la mitad de sus firmes y redondeadas nalgas. Más cómoda, se ajustó un antifaz, pues era muy maniática respecto a la luz, se introdujo en la cama y, pese al calor, no tardó en quedarse dormida.
La mente es un curioso órgano que no deja de jugarnos malas pasadas. El sueño de Susana fue de un lado a otro, primero con sus compañeras de colegio, luego en una excursión y finalmente montando un caballo blanco. Cuando se fijó mejor, el caballo se transformó en un unicornio que galopaba incansable de un lado a otro. Nuestra protagonista se sentía muy bien, completamente liberada de preocupaciones, y notaba un roce muy agradable de su entrepierna con el duro lomo de la fabulosa criatura.
Su mente, ya muy excitada, se concentró en el placer que empezaba a notar. Cuando miró de nuevo al unicornio, ya no estaba. En su lugar, un centauro era quien la transportaba. De prono se detuvo, giró el torso y la agarró con sus fuertes brazos. A Susana le pareció guapísimo, con esos ojos negros como los de ella, ese corto pelo negro rizado y esos gruesos labios. Además, era muy fuerte, y lo que más le atraía de los chicos era que tuvieran brazos fuertes. Con delicadeza casi impropia de su fortaleza, la depositó en la hierba de la pradera sobre la que había galopado, e inclinándose sobre su cuerpo tendido introdujo su cabeza bajo el camisón y comenzó a lamer sus braguitas, que pese a todo ya tenían un aspecto de humedad como las otras.
Los brazos de aquel ser alzaron las piernas de ella, manteniéndolas separadas y apoyándolas en sus hombros, para luego dedicar sus manos a la delicada tarea de acariciarla de arriba abajo, deteniéndose primero en sus durísimos pezoncitos, luego en su cuello, siguiendo por vientre y muslos para terminar bajándole las braguitas hasta las rodillas, descubriendo su virgen rajita para que lengua y dedos arrancasen de ella tremendos suspiros.
Susana se dio cuenta de que algo extraño ocurría y abrió los ojos. Estaba oscuro. Se llevó las manos al antifaz para retirarlo y unas manos la sujetaron por sus muñecas.
¡Sssssst! la mandó callar alguien mientras comenzaba a despejarse su mente.
El sueño era real. Alguien seguía lamiendo su lampiña vagina a conciencia, incluso aprovechaba para entrar dentro de su agujerito un poco. Con una mano retiraba del todo sus braguitas, y su camisón ya debía llevar tiempo tapando sólo sus hombros.
El placer era tan grande que se abandonó a él. Nunca había sentido algo parecido. Ahora sus muñecas quedaban libres, y una mano acudía a separar sus labios mayores y a acariciar su clítoris. Lo notó llegar como una enorme ola que barría su cuerpo y lo hacía retorcerse.
¡Ah, Dios mío! ¿Qué me haces? Me vas a partir en dos. ¡Ah! ¡Ah! ¡Aaaaaaaaaaah! Sigue, por Dios, no pares. No sé lo que me haces, pero no pares.
Y así, entre tremendos gemidos de placer que Susana procuraba contener, conoció el primer orgasmo de su vida. No sería el último. El desconocido, al ver que intentaba quitarse el antifaz, dejó de chuparle su intimidad para agarrar las manos de ella y llevarlas a la cabecera de la cama, donde empezó a atarlas para inmovilizarla del todo. Susana, ahora más despierta, se asustó un poco.
¿Qué me haces? ¿Quién eres? Suéltame las manos o llamaré a mis padres.
Como toda respuesta, el desconocido empezó a introducir dedos en la boca de ella. Chúpalos y calla. Como llames a alguien te vas a perder más placer del que has tenido en tu vida. La voz de él era muy grave, irreconocible para Susana, quien se acordó del reciente orgasmo y decidió chupar con fuerza y no decir nada. Pronto, los cinco dedos estuvieron empapados por la saliva de la chica, quien notó como él se ponía invertido sobre ella, con el pene sobre su boca y chupando de nuevo su cuevita. Y vaya pene. Estaba duro como el acero, y debía medir como veinte centímetros, amén de ser muy grueso. Y ese par de pelotas. Susana no tenía medida para comparar, pero pensó que estaba muy bien dotado.
Como quiera que la lengua de él no paraba de recorrer el camino entre los dos agujeritos de ella, y los dedos jugaban con el clítoris tirando de él y soltándolo, o acariciándolo, o entrando un poco dentro de su coñito, o incluso tratando de penetrarla por el esfínter, ella se fue excitando otra vez. Empezó a lamerle las pelotas, y después a recorrer ese grueso tronco como quien lame un helado, deteniéndose sobre todo en el glande. Pronto él acomodó su pene apuntando a los labios y entró poco a poco en su boca, donde comenzó una cópula salvaje en la que Susana hacía verdaderos esfuerzos por tragar con su garganta aquellas acometidas viciosas. Al distraerse con el rabo juguetón, el amante desconocido aprovechó su relajación para entrar con dos dedos en el recto, empezando a penetrarla también por este agujero con una pausa que iba cediendo a la pasión poco a poco.
Aquellos dedos osados estaban provocando un dolor apenas mitigado por la mamada que le hacía en la almeja, y la hubieran llevado a gritar de no haber estado perfectamente silenciada por aquel pollón en la boca. Y, cuando ya se había acostumbrado a la penetración anal, paró de producirse. Él se colocó entre sus piernas y, colocando éstas en perpendicular el tranco, las abrió al máximo, casi 180º por la enorme elasticidad de Susana, quien empezaba a comprender lo que venía ahora.
Por favor, hazlo con cuidado. Soy virgen.
Y él acercó su enorme miembro a la entrada de sus entrañas y, mientras con una mano acariciaba su clítoris, con la otra separaba los labios vaginales. Pronto el glande se abría paso hacia el interior de aquella tierra nunca hollada, encontrando pronto la tenue oposición del clítoris. Susana estaba tan mojada que incluso aquel émbolo entraba con facilidad en su interior. De pronto, de un fuerte empujón, aquella barrera fue violada, y el pene invasor comenzó a entrar y salir con velocidad. Se ve que, tras la mamada, el desconocido tenía ganas de correrse.
Susana recibió aquel pene con un inmenso placer. Su recorrido acelerado por el conducto vaginal hacia un lado y hacia otro llevaba de nuevo aquel placer inmenso a derramarse por toda ella. Esta vez, la corrida fue acompañada por gran cantidad de líquido que empapó la sábana.
Aaaaaaah. Pero, ¿qué me estás haciendo? Párteme en dos, hazme tuya para siempre. ¡Oh! ¡Ah! ¡Aaaaa! ¡Sigue! ¡Vamos, no pares! Y, efectivamente, no sólo no paró, sinó que aceleró aún más el ritmo, provocando el tercer orgasmo de nuestra protagonista. Viendo que aún tenía para rato, y por no pasarlo dentro de ese agujerito, en una salida probó a entrar por otro lado. Se acercó más a ella, separó al máximo sus piernas y tiró de ella hasta subirla un poco en sus rodillas flexionadas. Susana notó como aquel cálido tronco, ahorra muy mojado y resbaladizo, trataba de abrirse paso entre los cachetes de su culo, que las manos de él separaban para facilitar la invasión. De nuevo se sintió asustada.
Espera, no me hagas eso. Me va a doler mucho, a mi amiga Yoli se lo hicieron y dice que hace mucho daño. No sigas, por favor, que. ¡Aaaaaaah! ¡Qué daño, bestia, me has roto el culo, animal! ¡aaaa, aaaa, aaaaaaaaa, aaaaaaaaaaaaa, aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!
Los gemidos de ella respondían a los dedos que acariciaban de nuevo su clítoris, dos de ellos entrando y saliendo de su estrecho coñito. En ningún momento Susana trató de elevar la voz, temiendo que entraran sus padres en el cuarto. Pero la verdad es que, a pesar del dolor inicial, las expertas caricias en su sexo y, ¿por qué no decirlo?, el roce del duro y gordo miembro de él en un lugar que ella no acertaba a situar, pero que le producía un gran placer; la estaba llevando todavía más allá del elevado nivel de placer que habían alcanzado antes.
¡Me viene otra vez, lo noto! ¡Aaaaaaaaaaa, aaaaaaaaaaaa, aaaaaaaaaaaaaaaaa, aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa! No pares, sigue, sigue, sigue, dame más, dame más, sí, sí.
Y entonces fue cuando Susana, al notar un calor tremendo en su ano, fruto de la copiosa corrida de él, explotó embriagándose en su placer, teniendo un orgasmo tan fuerte que le hizo desvanecerse.
A la mañana siguiente, al despertarse, no notó nada anormal. Llevaba las braguitas puestas, el camisón también, sus muñecas estaban libres de ataduras,. ¿Habría sido un sueño? Se levantó, se duchó y vistió, y mientras hacía la cama notó unas manchas pequeñas de color ocre, así como una mancha como de sudor seco a la misma altura de la cama: donde ella apoyaba su culito al tumbarse. Llevó su mano bajo la falda y tocó la vagina por encima de las bragas, recordando la maravillosa desfloración de que había sido objeto por sus tres agujeros. No la olvidaría nunca, y siempre quiso saber quién le había dado ese primer placer.

Autor: Howard PL
dunwichdearriba@hotmail.com



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