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Categoría: Confesiones
Valor de este relato: 3.53
Enviado por: Gina Halliwell


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Entre cuñados


PERVERSIÓN

A las nueve de la noche llego al bar de siempre. El fin de semana no comienza si no es ahí, en ese bar al que voy con mis compañeros de oficina cada siete días, sin faltar por ningún motivo. Es otro viernes de cantina, camino hacia la mesa y veo que han llegado casi todos. Todos, excepto él.

Me siento en cualquier silla, sin apenas hacer ruido, esperando no llamar la atención. El mesero trae un tarro escarchado, con el dedo índice retiro la sal y la dejo caer sobre el dorado líquido. Me gusta la cerveza con sal. Con mucha, muchísima sal.

En algún momento llega mi cuñado, quien trabaja en el mismo despacho que yo. Recorre la mesa para saludar a los presentes, a los hombres les da la mano y a las mujeres un beso en la mejilla. A mí, además, me acaricia brevemente la espalda. Él se sienta enfrente de mí y mira hacia mi lugar desde ahí... Ahora puedo comenzar con nuestra rutina: él y yo fingiendo no conocernos, yo lo miro con disimulo mientras él platica con los demás asistentes.

La noche pasa entre trago y trago, él choca su vaso de whisky con mi tarro de cerveza y yo cuento las horas que hemos pasado juntos.

-¿Me llevas a mi casa? –le pregunto al oído.

Ya conozco su respuesta. Si mi marido supiera lo que hago con su hermano...

Él camina detrás de mí cuando subimos las escaleras del bar. El chico del valet le entrega las llaves del carro, que está justo a la entrada del estacionamiento.

-Todavía no sabes ponértelo –dice él, refiriéndose al cinturón. Su mano acaricia mi rodilla izquierda por menos de un segundo.

Él enciende el automóvil. Salimos del estacionamiento. Su mano derecha se posa en mi rodilla de nuevo y sube poco a poco por mi muslo. Más arriba. Más. Más...

Luz verde. Él acelera y me dedica una sonrisa.

Luces rojas. Él detiene el carro y me besa. Me besa...

El semáforo cambia de nuevo, el automóvil avanza o se detiene según se le antoja a las luces. Él y yo no tenemos mucho que decirnos, al menos no por ahora, porque la boca nos sirve solamente para besarnos.

Él estaciona su automóvil frente al edificio. Apaga el vehículo, saca las llaves, voltea a verme pero no dice nada, se acerca y sin mayor preámbulo me besa. Su boca sobre mi boca, mis labios dentro de los suyos, su lengua rozando mi lengua. Los cinco dedos de su mano acarician mi cintura por debajo del suéter, él reconoce la blusa y la hace a un lado mientras nos besamos por uno, dos, diez minutos.

-¿Buscamos otro sitio? –le digo al oído. Sus manos no han dejado de acariciarme bajo el corpiño-. Quiero sentirte dentro...

Él enciende el automóvil mientras yo intento deshacerme de su cinturón, por fin se lo quito mientras él se estaciona en una esquina sin luz y sin gente. Desabrocho dos botones, bajo el cierre y me enfrento a un pedazo de tela que cubre algo que está por entrar a mi boca. Hago a un lado la tela, bajo la cabeza y abro los labios para que mi lengua saboree esa otra piel dulce y suave que se queda inmóvil esperando a que mi saliva la rodee y la acaricie. Aprieto los labios una, dos, diez veces, mi garganta se abre totalmente y recibo ese pedazo de carne en mi boca, él acaricia mis orejas con las manos y empuja suavemente mi cabeza para que su miembro no escape, mis labios succionan, mis dientes acarician el enorme glande que está a punto de explotar, chupo el pene que se desliza por mi boca y que quiere llenarme la garganta con su semen. Por fin percibo ese sabor salado, son apenas unas gotas, él está por terminar y detengo un poco mi ritmo, sus manos se deslizan por mi espalda, él está sentado y recargado en asiento mientras yo estoy totalmente agachada, mi boca está llena de su miembro, acerco una mano para moverla de arriba abajo mientras mi lengua rodea la punta, es un pene grande, me encanta sentarme dentro de él y montarlo, él sabe que necesito algo dentro, sus manos se deslizan por debajo de mis jeans y un dedo hace a un lado mi tanga negro, él separa con cuidado mis nalgas, le gusta succionar mi vagina cuando yo estoy en cuatro...

-Chúpame, nena, voy a venirme en tu boca, sigue, sí, sigue, nena...

Él grita desesperado, si hubiese alguien en la calle se acercaría a ver qué está pasando, hay un dedo dentro de mi vagina, se mueve con cuidado al ritmo que yo chupo el pene que llena mis mejillas, un líquido tibio está a punto de salir del glande, cierro los labios alrededor del miembro y mi garganta se llena de semen salado que resbala por mi lengua, chupo una, dos, tres veces hasta dejar limpia la carne, una gota blanca rueda por mi barbilla, él me jala del cabello para que me incorpore y me besa en la boca, explora en busca de la más pequeña gota de semen pero me he tragado todo.

-Nos vemos la próxima semana. Salúdame a Javier.

-De tu parte –contesto-. Un beso a tu esposa...

Así terminamos nuestro encuentro de los viernes. Los sábados él y su esposa vienen a casa a beberse una copa, pero eso ya es otra historia...



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