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Categoría: Gays
Valor de este relato: 4.73
Enviado por: petruspe


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El Tordo


EL TORDO
¿Por que razón ocurren los hechos?
No me arrepiento de lo vivido porque de nada sirve. Si hacerlo sirviera de algo seguramente lo haría de inmediato.
Han pasado muchos años desde mis primeras experiencias con el sexo y considero que fueron los mejores momentos de mi vida. Digo el por qué.
Cuando comienza a descubrirse el mundo de los grandes y todo lo que siempre se ha imaginado se hace realidad, la emoción es tan fuerte que nunca se olvida y nos gustaría volviera a repetirse.
Mis primeros escarceos fueron con los chicos de la barra. La cambiadita, la apoyadita, la tocadita que son el preludio de lo que vendrá en poco tiempo.
Para ello será necesario lograr identidad con alguno de los del grupo para que ese proceso de investigación sobre el tema se profundice.
En mi caso se dio con uno algunos años mayor. Le decíamos “Tordo”, no me pregunten por qué. No lo se. Tal vez porque era un morocho de aquellos o por herencia.
Trabajaba en el abasto y había desarrollado un cuerpo bien definido. Tanto como le es posible a un muchachón de catorce años. Comparado con mi primera década recién cumplida era una enormidad.
Todo el grupo se reunía cada siesta para ir hasta un campo cercano y meternos en una laguna para bañarnos. Había una distancia importante desde la laguna hasta las primeras casas del barrio. A medida que avanzaba la siesta íbamos llegando al lugar.
Como de costumbre me escapé de casa saltando la pared. Ese día ya estaba bañándose el Tordo. Siempre lo hacíamos desnudos y ese día no fue la excepción. Como ya destaqué el Tordo tenía catorce años. Plena edad de la pubertad y en él se notaba mucho ya que al desarrollo físico se le unía la natural y permanente calentura, los vellos en las piernas y las nalgas. Se le destacaba la erección del miembro que ya estaba cobrando formas distintas, con un tamaño considerable y una abundante cantidad de vello en la base. Mención aparte merecen las bolas que a él le colgaban plenas y gordas.
Después de estar un tiempo largo en el agua nos salimos y tendimos sobre el pasto a un costado de la laguna. Nos llamaba la atención la ausencia del resto del grupo que demoraba en llegar y a mi particularmente el cuerpo del tordo que ya comenzaba a mostrar lo que sería muy pronto. Tenía bastantes pelos en las piernas en los genitales a pesar de la edad.
El Tordo comenzó a acariciarse y pronto tuvo el miembro duro. Yo lo miraba asombrado y él se exhibía orgulloso.
Ansiaba poder tocársela pera sentir como era y parece que adivino mi pensamiento.
-Mirá. Toca que dura se me ha puesto.
Le toqué el pene duro prolongando una caricia, notando la cantidad de abundante flujo que salía de la cabeza del miembro. Entonces él dijo
-¿Querés jugar a la apoyadita? – Me preguntó
-No se –Contesté nervioso
-Dale. Total estamos solos y nadie se va a enterar – Dijo acercándose a mi
No me resistí cuando me puso boca abajo y acarició mis nalgas. Después se montó sobre mí. Comenzó a pincelarme la rayita con la cabeza del pene, mojando mi orificio con el abundante líquido que le salía. Para mi la cosa no pasaba de una caricia excitante que me fue relajando.
-Abrí bien las piernas y pará más el culo así te lo hago mejor – Me dijo
Lo hice como me lo pedía y siguió pasándome por la rayita su pene, mojando mi entrada; de pronto sentí como que se me apagó la luz. Un dolor agudo y lacerante me atravesó entero. Sentí como si mi cuerpo se rasgaba desde el ano y grité. Hice fuerzas tratando de expulsar el pene de mi ano y lo único que logré es que se me entrara hasta la raíz. Grité más. Manoteaba desesperado tratando de salirme de esa posición que me dejaba sin posibilidades de defenderme.
-Si gritas se van a enterar todos que te la dejaste meter. Aguantá un poquito que ya está y nadie se va a enterar – Me dijo
-No Tordito, sácamela. Me duele mucho – Rogué
Pero no me escuchó y comenzó a moverse en un metisaca insoportable que me hacia sentir como si me sacaba las tripas para afuera. Lloré un poco más.
De pronto ese dolor tan violento fue aliviándose y hasta dejé de llorar. La fricción del pene en mi recto me producía un cosquilleo que me recorría el cuerpo. El Tordo me apretó con fuerza contra el pasto, comenzó a tener unos sacudones fuertes y como a quejarse de un dolor. En el interior de mi ano sentía las pulsaciones violentas del pene y me asusté. Un repentino dolor de panza me hizo rogarle otra vez
-Ay! Quiero hacer caca, me duele la panza, Tordito. Sacamela.
En silencio se volvió de costado y se salió de mí. Me levanté y fui corriendo entre los yuyos. Mi cola parecía el escape de un motor a explosión.
Cuando volví el Tordo estaba en la misma posición, tendido de espaldas y fumando. Se sentó y me dijo.
-No le digas a nadie lo que hicimos, sabés
-Bueno.
-Es un secreto de los dos… ¿Te dolió mucho?
-Un montón.
-Después ya no te va a doler tanto – Lo mire sin entender pero él solo me sonrió, acarició mis nalgas y levantándose dijo - Vamos a bañarnos que ya vienen los otros.
Nos metimos al agua un rato más. El agua fría alivió un poco el dolor que sentía en mi agujerito. Por momentos tenía ganas de irme. Lo que había deseado tanto ocurrió con el agregado del dolor y la sensación de culpa enorme. Después nos salimos y al ver que los otros no venían cada cual se fue a su casa.
A partir de ese día todo cambió. Pasó una larga semana en que no lo vi al Tordo y me sentía extraño. Recordaba las sensaciones que me producía la caricia de su miembro entre las nalgas, la suavidad de los pelos y el roce de sus bolas grandes entre mis piernas, pero también el dolor que me produjo al meterlo todo en mi culito. Reviví el momento en que se agitó y empujaba su cuerpo contra el mío y los fuertes latidos del pene en mi interior.
Ya no era lo mismo estar con el grupo si él no estaba. Entonces me decidí y fui hasta su casa. Era la hora de la siesta, cuando en su casa no estaba ni la madre ni el hermano mayor porque trabajaban.
Apenas toqué la puerta abrió él.
-Eh, Cachito ¿Cómo estás? – Preguntó sonriente
-Bien –Contesté medio avergonzado
-¿Te mandaron los vagos a buscarme? – Interrogó
-No. Vine yo solo –Dije y me puso colorado
-Ah, bueno. Vení, pasá.
Entré. La casa tenía un zaguán largo que se abría a un patio con galería a donde tenían puerta las habitaciones donde dormía cada uno
-Recién me bañé y me iba a ir a la laguna a ver si te encontraba – Me dijo
Yo me puse contento por lo que dijo porque además me acarició la cabeza.
-¿Cómo estás?-Preguntó
-Bien – Respondí intimidado
- ¿Te duele el potito todavía?
-No. Ya no me duele.
Me acarició la cola por sobre el pantalón mientras tomaba mi mano y la ponía sobre su paquete.
-¿Querés? Yo tengo unas ganas bárbaras de meterla en tu potito y echarme un polvo
Asentí con la cabeza.
-Sacate el pantalón. Y vení a la cama.
Repetimos lo de la laguna y esta vez solo me dolió al entrar. Después me gustó hasta que el Tordo se salió haciendo mi cola un ruidito como de plop y me dieron ganas de ir al baño.
Desde ese día seis veces a la semana lo hacíamos en su casa. Poco a poco fuimos experimentando todo lo que el Tordo aprendía en el abasto.
-Un vago me enseñó que si te chupan la pija es mejor. Quiero que me chupés la chota
La primera vez que lo besé en los genitales me dio un poco de asco pero después era la parte que más me gustaba hacer.
Todo cambió el día en que nos descubrió el hermano pero el Tordo no se dio cuenta ni yo tampoco.
El hermano era un hombre grande que se había separado de la esposa y estaba viviendo con ellos; tenía como 30 años y trabajaba en la policía. Había llegado en silencio y nos había visto en la cama cuando el Tordo me estaba penetrando. No dijo nada y se fue a su cuarto. Nosotros ni nos enteramos de nada.
Unos días después el Tordo viajó con la madre a ver a un familiar que estaba enfermo grave. Yo no sabia nada y fui a su casa. Cuando llamé, sorpresa. Me abrió el hermano que me hizo pasar. Estaba envuelto con una pequeña toalla a la cintura que apenas le tapaba un poquito.
-Eh, Cachito ¿Cómo andas? Pasa.- Dijo abriendo la puerta para que entrara y mirando por si había alguien, algún vecino, mirando.
-Permiso - Pedí
-Llegaste justo que salía de bañarme y escuché que llamabas.
Caminaba delante de mí en ojotas. La pequeña toalla se entreabría al andar y me mostraba una nalga peluda
-Sentate –dijo señalando una silla- Mi hermano se fue con mi mamá a la casa de una tía. En un par de días vuelve. Si necesitas algo que yo te pueda dar, decime nomás pero esperá que me termino de secar.
-¿Ya no trabaja usted, don Mario? –Pregunté
-Me preguntas por lo que me ves acá, ya se. Hoy es mi día de franco. Trabajo seis días corridos y descanso uno.
Soltó la toalla y quedó desnudo frente a mi. Quedé con la boca abierta. Era la primera vez que veía a un hombre adulto desnudo. Tenía pelos por todos lados pero mi atención se detuvo en sus genitales. Enormes. Seguro tenía cara de asombro porque él me preguntó.
-¿Tenés miedo de lo que ves, Cachito?
-No – Dije
-Sí. Le tenés miedo – Dijo riéndose.
-No, don, no tengo miedo.
-A ver. Si no le tenés miedo tocala. A que no sos capaz.
Era todo un desafío además de que era lo yo más deseaba hacer en ese momento. Me levanté de la silla y acercándome acaricié lo que se me ofrecía.
-¿Te gusta? – Dijo el hombre
-Si
-Vení
Entramos a su cuarto y cerró la puerta.
-Chupala un poquito – Pidió
Me acerqué y él la puso en mi boca. Apenas si cabía y cuando comencé a succionar creció mucho más. Todo era enorme.
-Yo se que mi hermano te la mete por el culo, yo los vi el otro día cuando estaban culeando en la pieza. ¿Me dejás que te la ponga yo también? Te la voy a poner despacito y si te duele me decís y te la saco. Dale. Dejate que quiero culear. Hace mucho que no la pongo y tengo leche amontonada en los huevos
-Pero despacito, don
-No te hagas problemas. Yo se como se culea, dale
Me pidió que me quite el pantalón y que me arrodille en su cama. Lo hice y de esa manera me penetró. No se cuanto entró de su enormidad en mi cola. Lo hacía con suavidad mientras me acariciaba el cuerpo. Cada vez que empujaba un poco más de su miembro en mi recto, sentía como si mi ano se rasgara un poco. Era soportable hasta que un rato largo después comenzó a acabar y cuando empujó al final me dolieron hasta los ojos. Desde ese día volvía a esa casa toda vez que podía y más. Con el Tordo lo hacia todos los días y con el hermano una vez a la semana Y me gustaba.
Al hacerlo con un adulto mis preferencias cambiaron ya que tenía un sabor distinto y busqué toda vez hacerlo con un “grande”. Solo una vez fracasé en mis intentos. Si bien ponían retaceos y daban vueltas al tema, siempre me daban lo que les pedía y así pude conocer el sexo con muchos hombres hasta que crecí.
Cuando crecí, fue diferente. Todos aquellos que antes me llamaban a escondidas para llevarme a algún lugar para tener sexo conmigo, se alejaban o me ignoraban al pasar.
En mi lista puedo contar maestros, policías, carniceros, verduleros, choferes de colectivo, mecánicos, carpinteros, abogados, etc. la mayoría eran casados y tal vez por esa razón eran los mejores. Sabían hacerlo tan bien que aunque la tuvieran muy grande nunca hubo problemas. Un poco de dolor sí, por supuesto.
El tener experiencias sexuales con un grande me cambió la vida.
De pronto las relaciones con El Tordo se volvieron rutinarias y hasta aburridas. Ya no esperaba ansioso la hora de la siesta para escaparme de casa e irme a la de él, excepto el día en que me tocaba con el hermano, Mario.
Era distinto.
La piel, el olor de hombre, los genitales mas grandes y experimentados, la pasión del otro, todo. Absolutamente.
En el final de ese verano comenzaban las clases y terminaba esta parte de la historia. Había que volver al colegio. Yo asistía a uno que estaba cerca de la terminal de ómnibus, dirigido por los curas. Todos los días viajaba en colectivo hasta la terminal y desde ahí caminaba un par de cuadras hasta el colegio. Solo porque me gustaba hacerlo.
En algo más de dos meses mi vida había cambiado.
Desde la “apoyadita” del Tordo, en los comienzos de enero, pasando por Mario y la vuelta al colegio a mediados de marzo, había transcurrido ese tiempo. Antes me asustaba acercarme a un extraño, sobre todo si era un adulto. Ahora trataba de estar cerca.
La línea de colectivo en la que yo viajaba tenía un paradero frente al colegio, estación de servicio por medio. Salía el colectivo desde ahí para pasar por el frente de la terminal. Cuando no tenía ganas de caminar me pasaba al paradero donde en un barcito estaban todos los choferes esperando su hora de partida. Allí conocí a don Hugo.
Era un morocho, delgado, no muy alto. Vestía un pantalón azul oscuro y una camisa celeste como todos los colectiveros. Yo había entrado al barcito para pedir permiso e ir al baño. A la entrada del baño estaban los lavabos. Como formando una L seguían los mingitorios y luego los excusados. En el último de los mingitorios, bien al fondo, me ubiqué para orinar. Estaba en esos menesteres cuando entró el chofer del colectivo que estaba por salir.
Llevaba un bolsito al hombro y en la mano un monedero metálico y una bolsita de nailon con rollos de boletos. Sin percatarse de mi presencia descorrió el cierre de su pantalón y metiendo la mano sacó fuera el pene al que dejó colgando mientras usaba ambas manos para controlar algo. Con fuerza salía el chorro de orina que golpeaba los azulejos.
Después de don Mario, este era el segundo miembro de adulto que yo veía. Lo contemplé todo el tiempo con total libertad hasta que el hombre lo volvió a tomar con su mano para sacudirlo. En ese momento recién se dio cuenta que yo estaba allí mirando embobado pero no se inmutó. Lo sacudió, estiró, descabezó (¡mamita mía!), acarició y, finalmente (¡Qué lástima!), lo guardó, subió el cierre, me sonrió, guiñó un ojo y salió del baño.
Para mí era evidente que el hombre portaba un instrumento importante. Lo había comprobado mientras colgaba suelto mientras dejaba salir la orina del dueño. Quedé conmocionado. Mi corazón latía a cien mil latidos por hora. Salí del barcito para subir al colectivo que me llevaría a casa y al pasar por el salón miré pero el hombre no estaba.
Cuando llegué al colectivo y subí, mi corazón dio un vuelco. El conductor era el morocho del baño. Sonrió al verme.
-Hola – Dijo y me puse colorado - ¿Hasta dónde, chiquitín?
-Hasta el final – Respondí sin darme cuenta de la connotación.
-Hasta donde vos quieras, nene.
Durante todo el trayecto no podía centrar mi atención en otra cosa que no fuera el objeto de mi conmoción. De vez en cuando nuestras miradas se encontraron en el espejo y él se sonreía.
Cada día, se me hizo una costumbre, pasaba por el barcito y entraba al baño pero no siempre lo encontraba. No sabía que trabajaba lunes, miércoles y viernes en la tarde y martes, jueves y sábado de mañana. Cuando la escena del primer día se repitió, el hombre se dio cuenta de lo que yo buscaba y se demoraba mas tiempo en el lugar y en las caricias que le prodigaba al amigo como después supe le decía a su órgano.
Con el paso de los días hasta nos saludábamos en los mingitorios y cuando subía al colectivo me daba temas de conversación. Sobre todo si en el colectivo no iba nadie. Yo deseaba con todo mí ser que se produjera el milagro, de que ocurriera algo que me permitiera probar ese manjar. Desde el comienzo de las clases que no tenía sexo y no podía hacer nada.
Y un día ocurrió.
Estaba en el mingitorio del baño del barcito cuando don Hugo entró. Como siempre llevaba el bolsito al hombro, la bolsita con los rollos de boletos y el monedero metálico que llevan todos los colectiveros.
Abrió la bragueta y sacó el miembro para orinar. Cuando terminó de orinar dejó como siempre al órgano colgando para que yo lo mirara, mejor lo admirara, pero esta vez hizo como que no podía sostener bolsita y monedero y me pidió ayuda.
-Nene, me ayudas por favor –Dijo volviéndose un poco hacia mi y provocando el balanceo del largo y oscuro pene.
No se si fue porque yo tenía la idea fija o qué. La cuestión es que en vez de ayudarle a sostener la bolsita o el monedero, fui directamente y tomé al pene en mis manos. Lo sacudí, descapullé y estiré como él hacia siempre y se lo guardé en el slip blanco dentro del pantalón pero antes, respondiendo a un impulso incontrolable, le di un beso en la morena cabezota, lo guardé y luego subí el cierre.
El hombre rió al decir
-Bueno. No pedía tanta atención para el amigo. Parece que te gusta ¿No?
No conteste porque entraron otros choferes y hombres que estaban en el barcito. Había sido una acción demasiado tonta, loca y salí rápidamente del baño.
En el colectivo, que a poco de iniciado el recorrido quedo sin pasajeros, don Hugo me llamó.
-Vení nene, vení.
Me temblaron las piernas y me dio miedo.
- Quedate paradito detrás de mi asiento y decime…¿Por qué me besaste el pingo?
-No sé. Me dieron ganas de hacerlo
-¿Te gusta la chota?
La pregunta me sorprendió por lo directa pero igual contesté
-Sí
-¿Qué te gusta hacer?...
-¿Cómo?
¿La chupás?
-Si.
-Te tomás la lechita también?
-No. Nunca lo hice
-¿Y cómo haces? ¿Cuando te acaban en la boca, lo escupís?
-No, don. Siempre me queda en el poto y después voy al baño.
-¡Ah! –Dijo con asombro-¿Te dejas dar por el culito? Pero sos muy chiquito vos. ¿No te duele el upite cuando te la ponen?
-Las primera vez sí pero ahora no.
-¿Cuantos años tenés?
-Diez
-Huy…De la mía no te va a entrar ni la cabecita – Dijo riéndose nervioso- Si te la meto te parto el culo. ¿Ya lo hiciste con un grande?
-Sí
-Mirá vos…- Se quedó en silencio un rato - ¿Y te entra bien?
-Sí
¿Te la mete toda?
-Si
-No te creo.
-Es verdad.
- Sos muy chico para eso.
-¿Quiere que le chupe?
-Seguro la chupás pero no creo que te aguantes una pija de adulto por el culito.
-¿Quiere que le muestre?
-Nooooo. Acá no se puede. Sentate un ratito que sube un vago pero mirá. ¿Ves esa casita pintada de verde, ahí al frente? Yo vivo en esa casa.
El viaje continuó y llegué con él hasta el final del recorrido, donde yo bajaba. En el paradero no había nadie. Era la una y media de la tarde y el sol daba a pleno. Con un plumero que llevaba comenzó a sacudir los asientos, avanzando hacia atrás de la unidad.
-Mi casa está cerca ¿Viste?
-Si
-A las seis y media de la tarde voy a estar ahí. Si querés venir te espero así le haces unos cariñitos a mi amigo.
-¿Con quien vive, don?
-No tengas miedo. Estoy solo. Mi familia no está en casa. ¿Vas a ir?
-Bueno, sí
-Hace varios días que no la pongo y tengo leche como para hacer yogur. Si venis vamos a ver si de verdad te entra por el culo ¿Querés?
-A la tarde voy
-Chau –Dijo despidiéndome.
En la tarde yo estaba solo en casa porque mis viejos volvían del trabajo después de las nueve y media de la noche y el resto de mis hermanos tenían otras actividades. A la señora que trabajaba en casa le dije que tenía que ir a estudiar a casa de un compañero y así pude ir hasta la casa de don Hugo.
La tarde me pareció interminable. A las seis y media salí en mi bicicleta con un cuaderno y la cartuchera. Había unas diez cuadras hasta la casa del hombre así es que llegué pronto. Toqué el timbre y don Hugo me abrió la puerta y me hizo entrar con la bicicleta.
Estaba recién bañadito y vestía como toda prenda un pantaloncito corto anudado a la cintura con un cordón blanco. Entramos a una habitación donde dos ventiladores trataban de dar aire fresco. El hombre se quitó el pantaloncito y pude apreciar su cuerpo. Más que su cuerpo su pene que un poco empalmado sobresalía de una profusa mata de pelo muy negro, asentado sobre dos gordos y peludos testículos.
-Acá lo tenés –Dijo el hombre –Mostrame como tomás la mamadera.
Mis manos temblaban cuando acaricié el sexo del hombre. Lo acerqué a mi boca y comencé a felarlo. Al hombre le gustó y acarició mi cabeza. Yo besaba y chupaba la cabeza del pene, perfecta, enorme. Nunca volví a tener una igual en mi vida.
A medida que se endurecía se hacía más grueso y largo hasta que ya no pude chuparlo conteniéndolo dentro de mi boca y lo lamía. Hice todo lo que el hombre me pedía. Hasta que sin decir palabra fue acomodándome boca abajo sobre su cama para luego montarme.
De la enorme cabeza salía abundante flujo con el que me lubricaba la roseta del ano. Después apoyó la cabeza en mi agujerito y presionó. La cabeza entró provocando un dolor agudo que traté de aguantar. El hombre me acariciaba la cola hasta que yo me relajé un poquito y empujó otro pedazo de su pene en mi ano. Me dolió mucho por lo que le pedí que me lo sacara. Lo hizo.
-No lo aguantás. ¿No te gusta?
-Es muy grandote. Me duele mucho.
-En el botiquín tengo una cremita que me dio el dentista para el dolor de muela ¿Querés que te ponga? La pomadita, digo
-Bueno.
Entró al baño y luego trajo un tubito de xylocaína viscosa y me untó con su dedo un poquito en el ano. De inmediato me alivió hasta desaparecer el dolor.
_¿Te duele?
-No. Nada
-Ponete boca abajo. Vamos a probar otro poquito.
Puso saliva en su miembro y comenzó a empujarlo en mi ano. Yo no sentía dolor alguno. Solo tenía la impresión que mis carnes se abrían con un leve crujido. El hombre introdujo el largo y grueso miembro en su totalidad dentro de mi ano y comenzó a menearse suavemente en un crescendo que al final me hacia aspirar aire con fuerza hasta que eyaculó. Sentía la fuerza del latido del órgano dentro mío mientras se producía la eyaculación, larga, interminable.
Se tumbó de costado sin salirse de mi cuerpo y mientras acariciaba mi costado, dijo.-Te la comiste toda nenito ¿Te gustó?
-Si
Dejó pasar un rato y luego reinició el suave meneo. El miembro seguía duro y enorme en mi interior. Se volvió de espaldas y me arrastró consigo quedando a mi vez sentado sobre su pelvis con el sexo metido dentro mío y él moviéndose hasta que eyaculó otra vez.
Mientras no estuvo su familia en la casa fui varias veces. Después de la xylocaína fue bravo porque me lo ponía con saliva y me hacia pedir por favor hasta que mi cuerpo se amoldó a su tamaño.
Todo lo bueno dura poco y a mi colectivero lo cambiaron de línea en la empresa y volví a quedar solito.
Solo fue un par de semanas, hasta que inauguraron en la esquina de casa un puesto policial que me proveyó de muchos buenos amigos.
La mayoría de los agentes y oficiales eran solteros. No todos. Los mejores eran los casados que gustaban mucho del sexo oral y anal. Imaginen a un policía con los pantalones bajos y a un enano como yo prendido de su arma mamando como loco. Algunos eran bravos, aguantadores y repetían si estaban solos. Otros como que se sentían con culpas… hasta la guardia siguiente
Cuando ya no vi más a mi colectivero me sumí en la apatía total y comencé a andar mal en el colegio. El despertar sexual de un niño con este encuadre es complejo. Una vez conocido el sexo y probado de la manera que fuere, ya nada será igual. Buscará de todas maneras volver a experimentarlo.
Como a los dos meses inauguraron el puesto policial del barrio para el que habían destinado la casa de la esquina. Distante unos cincuenta metros de la mía.
Durante el día había dos agentes y un oficial como dotación y por las noches se agregaba uno. A veces por alguna razón solo quedaban dos y hasta uno solo. Por las noches generalmente dormían porque en el barrio nunca pasaba nada significativo.
Al primero que conocí fue al oficial Barrera, al cabo Juarez ya lo conocía porque era el papá de un compañero del cole. El primero era un oficial jovencito de unos 25 años recientemente promocionado y el otro ya era un policía viejo y panzón.
Un sábado noche mis padres y hermanos se fueron a un casamientos. Mi viejo no quiso que yo fuera porque le había roto un vidrio a un vecino y me dio como en la guerra. Me dejaron encerrado en casa pero se olvidaron de cerrar la puerta del fondo y por ella me escapé y me junté con los chicos de la barra de la esquina. Jugamos a la pelota durante un rato hasta que comenzaron a llamarlos a sus casas. Poco a poco se fueron yendo los más chicos y el único que quedó con los más grandes, fui yo. Tanto es así que fui quien se quedó con “el bruja” Molina cuando se marcharon todos. El bruja era un tipo de más de treinta años, alto, delgado, de grandes ojos saltones. El vago del barrio al que desean todas las mujeres.
Estábamos en la placita del barrio que tenía el pasto muy crecido y la mayoría de las farolas rotas. Uno de los costados de la placita daba a una calle y tras pasar la calle un campo de viñedos. El bruja me propuso entrar al campo vecino a cazar pajaritos.
-¿A esta hora? Es muy noche
-Es la mejor hora porque están en sus nidos.
Al ver que yo vacilaba insistió
-Dale, vení, vamos ahora que no nos ve nadie. De paso me hecho una meada. Ya me meo…
Y echó a andar hacia la finca medio agazapado. Lo seguí al ver que se abría la bragueta y nos metimos al viñedo. Caminamos unos metros y se tiró entre unos pastos, llamándome y pidiendo silencio. Me tendí junto a él. Me dijo no se que cosa del dueño, que nos quedáramos callados. El bruja Molina estaba muy pegado a mi y de pronto sentí que me tocaba la cola con disimulo. Mi silencio lo alentó a profundizar la caricia.
-Que linda colita tenés. Bajate el pantalón así te toco mejor.
-Bueno pero bájatelo vos también.
-Si es para tocarme la chota, sí.
-Bueno ¿Me dejas que toque?
-Claro.
Al momento estábamos los dos con los pantalones bajos, en verdad yo me los quité, entre los pastos del campo. El bruja me tocaba le cola y yo le tocaba una verga grandota y gruesa, muy gruesa. Un ratito de manoseo y me pidió la cola. Yo accedí pensando que era igual que con los otros. Se puso y me puso saliva y me montó. Pinceló un poco la rayita y me apoyó la cabezota en el potito y empujó. Mi grito debe haberse oído hasta en el casamiento donde estaban mis viejos. Sentía que me partía el cuerpo en dos
-No, tonto, no. ¡¡Ay!! ¡Me duele mucho brujita! ¡Sacamela, por favor!
-Pará, aguantá un poquito.
Empujaba con fuerza hundiendo una porción mayor del grueso falo en mí recto. No podía soportar tamaña intrusión. El dolor me superó y me desmayé cuando el me tapó la boca.
No se cuanto tiempo pasó hasta que desperté y me encontré solo. Salí del campo con el pantaloncito en la mano y camine en dirección a mi casa. Me dolía todo y del potito me salía sangre. Al pasar frente al puesto policial me vio el oficial, me preguntó algo y volví a desmayarme. La cosa es que terminé en el hospital internado varios días ya que el bruja había producido un desgarro importante provocando el sangrado. Qué máquina tenía el animal
Hubo una investigación policial pero yo no dije nada de el bruja Molina. Creía que si decía algo me iban a preguntar de todos los demás, pero el grueso pene borró las huellas anteriores y todo quedó como que esa fue la primera vez, según certificó el médico.
Me llevaron a un psicólogo forense que al final me mostró sus genitales “para saber qué sentía yo al verlos”. Decepción. Era pequeñita. El pobre tipo tenía menos que el Tordo. Estaba obsesionado por saber como la tenía el hombre, si me dolió mucho, si me la metió toda o si me gustó. Nunca pude describirlo al Brujita. Además el loco se fue a Buenos Aires y nunca más lo vi ni supe de él.
De vez en cuando el oficialito me llamaba para charlar y como quien no quiere la cosa trataba de que le contara como fue.
-Pero vos ¿Qué hiciste? – Me preguntaba
-Nada
-¿Te hizo tocar el pito?
-Si
-¿Cómo era?
-Grandote y con muchos pelos
-No. Te pregunto como era el hombre
-No se. Estaba oscuro en la plaza.
-¿Te pidió que se lo besaras?
-No. Que se lo chupara
-¿Se lo chupaste?
-Sí
Poco a poco me hice amigo de todos y pasaba mucho tiempo con ellos.
No sé si en todos lados será igual pero el policía acostumbra a usar el pantalón un poquito ajustado en la entrepierna haciendo que se destaque la artillería que porta. Sobre todo el que carga bien. Barrera era uno de ellos. Se le notaba mucho cuando me hacia preguntas sobre lo sucedido. Al ponerse de pie, se le notaba un bulto más grande. Lo mismo le pasaba a los otros policías que me hacían preguntas a solas.
Sucedió que un día estaba el oficial preparando todo para tomar una taza de mate cocido en la cocina. No había más policías que él en el puesto. Yo entré llevándole unas tortitas recién horneadas que había amasado la señora que trabajaba en casa. Tropecé con una escoba tirada en el piso y él para evitar mi caída se levantó de golpe y se volcó encima la taza con la infusión caliente. Yo no caí y el hombre muy rápido se aflojó el pantalón y lo bajó junto al calzoncillo para no quemarse. No lo evitó del todo ya que parte del líquido caliente llegó a la piel de la pierna. Trataba de darse aire abanicando la mano. La piel de la pierna se puso roja donde cayó el agua caliente. Con el pantalón bajo y la camisa levantada se metió al baño.
Tuve una visión plena de sus genitales y de sus glúteos peludos. Estaba bien provisto en su armamento personal. Cuando salió del baño me dijo que se había quemado un poco. Que le ardía. Salió con la ropa bien arreglada pero húmeda. Se preparo otro mate cocido.
Me pasé hasta la guardia siguiente soñando con la belleza que había visto. Se me representaba la pancita peluda y los genitales colgantes que se balanceaban pidiendo aire o una caricia que aliviase el ardor. Su piel en la zona era blanca y sus pelitos rubios.
Era un viernes de noche y cuando lo vi llegar al puesto me puse contento. Esperé un rato hasta que pasaron los que terminaban la guardia y salí de casa. Al pasar frente al puesto me llamó y pidió hielo. Como bala fui a casa y traje un poco de hielo. Entré al puesto y estaba solo.
-Huy, que bueno. Gracias Cachito. Vení, pasa a la cocina que lo pongo en una conservadora.
Puso los cubitos en una conservadora de telgopor.
-¿Cómo andas, Cachito?
-Yo bien ¿Y usted?
-Bien, nomás
Yo pensaba que el hielo lo pidió para ponérselo ahí en la quemadura y se me ocurrió preguntarle
-¿El hielo es para ponerlo ahí? – Uniendo la acción a la pregunta puse mi mano sobre el paquete de mis sueños- ¿Le duele mucho? – Acaricie todo el paquete.
-No me duele ya.- Y agregó- Eso no se le toca a los hombres. Es feo – lo dijo tranquilo
-No es feo – Dije con firmeza- El suyo me gusta mucho. Yo se lo vi el otro día. Es bonito…
Me miró en silencio. Como llegaba un agente dijo
-Después hablamos, Cachito.
La oportunidad se dio en la guardia siguiente cuando yo volvía del colegio y pasaba frente al puesto. Era la hora del almuerzo para algunos o la siesta para otros y por eso en las calles no se veían ni las lagartijas.
En la ventana que daba a la placita estaba apoyado el oficial Barrera. Lo saludé con la mano en alto y él me llamó. Entré al puesto. Estaba solo.
-¿Cómo te va Cachito? – Me saludó.
-Bien ¿Y a usted?
-Bien…- Silencio prolongado – ¿Querés hablar de lo que dijiste el otro día?
-Bueno
-¿De verdad te gusta esto? – Dijo tocándose el bulto en el pantalón.
-Si… Es bonito el suyo…Me gustaría tocarlo.
-Si me lo tocas se pone duro y después ¿Qué hacemos?
-Se lo puedo chupar…
-Ah. Te gusta de verdad
-En serio
-¿Querés darle una chupadita ahora?
-Bueno
-Vení.
Entramos al baño y allí se abrió el pantalón ofreciéndome su sexo ya duro. No vacilé y comencé a felarlo de la mejor manera. No demoró mucho y eyaculo en mi boca. Antes me había avisado que eyaculaba y yo seguí chupando sin soltar el órgano. Del grueso pene salía a borbotones una gran cantidad de semen que yo bebía glotonamente. Mantuvo su pene en mi boca hasta que se puso blando y se redujo bastante. Se acomodó la ropa después de lavarse en el lavabo y volvimos al lugar donde estaba antes.
-¿Te gustó, Cachito?
-Sí. Un montón.
-Gracias. Lo necesitaba.
-Bueno, voy a mi casa.
-Después nos vemos.
Así comenzó esta otra parte de la historia.
Ese año, puedo asegurarlo, se definió mi condición sexual para siempre.
A los pocos días probé a otro policía al que yo no busqué. La propuesta fue suya. Creo ahora saber por qué. Después de muchos años se me ocurre pensar en los motivos de esa liberalidad con que actuaron varios de aquellos hombres.
Para prevenirse de cualquier acusación y cubrirse, se me ocurre, el oficial Barrera debe haber sembrado en sus compañeros la idea de que, después de la “violación”, podría gustarme el sexo con hombres. Dicho de otra manera más concreta y clara que yo podría ser putito, etcétera… La idea sembrada creció y cada uno quiso comprobarlo.
El hombre en cuestión era casado, padre de seis o siete niños que vivía en un barrio cercano. Tenía una hermosa mujer, joven como él que tendría más o menos 30 años. La mujer un par menos.
A mi papá le gustaba el futbol y presidía un club importante en el que varios policías eran jugadores. Entre ellos estaba don Roberto.
El club participaba en el campeonato regional y estaba bien ubicado en los primeros lugares de la tabla de posiciones y aspiraba a ganar el título.
Un sábado mi papá nos llevó al entrenamiento de los jugadores y allí lo ví en pantalones cortos. Para ubicarnos mejor diré que esto sucede en la época en que los jugadores usaban esos pantaloncitos cortos que los mostraban más hombres. No eran tan calzonudos como ahora y provocaban a la imaginación de todo el mundo. ¿Se acuerdan del mundial del 78? Esa época.
La primera imagen que tengo de él: Alto, piernas gruesas y muy peludas, pantaloncito negro, cola pequeña, cintura estrecha y espalda ancha. Más parecido a un jugador de rugby que a un futbolista. Sonrisa amplia.
Cuando me vió me saludo y me atrajo hacia él tomándome de la cabeza por lo que mis manos rodearon una de sus piernas peludas y transpiradas. Apenas le llegaba a la cintura
En mis manos quedó su transpiración y su olor. Un olor muy particular, entre ácido y dulzón con mezcla de perfume masculino. El contacto de sus pelos mojados en mis manos me provocaba una sensación extraña para mí
Antes las inferiores, en nuestro club, eran dirigidas por los mismos jugadores. Como mi papá vio que yo tenía buena relación con don Roberto, le pidió que me incorporara a su grupo que era de 12 años. A mi me faltaban dos todavía.
Un día, al final de una práctica, mientras esperábamos para entrar a las duchas escuché que don Roberto le decía al asistente que se bañaría al final. De inmediato busqué una excusa y me salí para ir al baño. Allí me demore todo el tiempo necesario. Poco a poco fue quedando todo en silencio. Después salí cuando lo escuché a don Roberto que despedía al asistente y se metía en las duchas. Cuando escuché el ruido del agua entré a las duchas.
-¡Cachito! ¿Qué haces por acá todavía?
-Nada. Es que me demoré con el utilero –Dije mientras me desnudaba para entrar a la ducha.
-`Qué loco! ¿Ya se fue el utilero?
-si
-Bueno si querés después te llevo hasta tu casa…-Propuso.
-Bueno. Muchas gracias.
Cuando me volví para entrar a la ducha, lo vi de frente, todo enjabonado.
Entre a la ducha que estaba junto a él y pude mirarlo de cerca. Ya lo he descripto por lo que solo hablare de sus genitales. Era muy parecido al Bruja Molina aunque no tan grande. Tenía toda la cabeza liberada por la falta del frenillo. En la zona de la boquita formaba como una puntita que bruscamente se ensanchaba hacia atrás. Cuando se percató que lo miraba comenzó a acariciarse los genitales provocando en mí el deseo enorme de tocarlos. Tenía dudas claro, por el trabajo que él hacía con mi papá.
Terminó de bañarse y salió. Yo también lo hice rápido y salí. Lo encontré en el sector de vestidores secándose lentamente. Después de secarse extendió la toalla sobre un banco y se sentó a fumar un cigarrillo. Al parecer se vestiría luego de fumar.
Yo miraba a cada momento su desnudez. Me provocaba un fuerte cosquilleo en la barriga mirarlo. El hombre reunía tres cualidades: Era amable, lindo y bien armado. Cuando terminé de secarme y me comenzaba a vestir me dijo…
-¿Cachito puedo hacerte una pregunta?
-Sí, claro.
-Es sobre lo que te pasó ¿Te molestaría?
-No, don Roberto, pregunte nomás – Recordé que a mí me parecía que a él también se le agrandaba el bulto cuando me preguntaba de lo que me pasó y ahora lo comprobaría.
-Me dijiste la otra vez que el hombre te hizo tocarle el pito, ¿Verdad?
-Sí
-¿Cómo era?
-Muy alto y gordo
-No. Te pregunto cómo tenía el pito
-Grandote y peludo.
-¿Así como el mío?
-Un poco más grande
Al mirarle los genitales vi que se le había estirado un poco y engordado
-¿Qué más te pidió?
-Que se lo chupe – El aparato le crecía más
-¿Vos se lo chupaste?
-Sí
-Pero ¿Cómo hiciste?
-Así… como… no sé cómo decirle –Ya lo tenía notoriamente morcillón
-Vení, Cachito. Acá tenés el mío. Mostrame cómo hiciste – Yo hice como que dudaba –
-No tengas miedo que no voy a decir nada a nadie. Mostrame como hiciste.
Me acerqué a él que separando las piernas me ofreció sus genitales. Primero lo acaricié suavemente al grueso y largo mástil; después exploré las pesadas y deslizantes bolas peludas. Lamí un poco la suave cabeza y la introduje con dificultad en mi boca. Lo hice durante un largo rato. Deseaba que me penetrara y le dije
-Después me dijo que se lo chupara con mi potito
-Vos le dijiste que si?
-Sí
-Bueno pero yo no…
-Venga acá del otro lado donde están las colchonetas y le muestro como hizo, venga –Me siguió balanceando al caminar su duro pene. Nos tendimos sobre unas colchonetas y yo volví a chuparle todo. Después me tendí boca abajo y me puse saliva en la cola. El hombre me montó y suavemente me penetró con la totalidad de su miembro para iniciar luego un suave meneo que yo acompañé hasta que eyaculó en mi interior, empujando con fuerza su pelvis.
-Te metí todo ¿Te dolió?
-Sí, pero me gustó mucho.
Desde ese día yo no falte nunca a los entrenamientos y él tampoco.
Para no hacerla muy larga y por el peligro de ser reiterativo resumiré lo ocurrido durante ese tiempo y hasta mis 11 años con los amigos del puesto. Pasaron por el lugar más o menos 30 hombres; de ellos al menos 25 tuvieron algo que ver sexualmente conmigo. Una tercera parte solo quiso sexo oral, mientras que las otras dos terceras partes lo hicieron completo. Con todos repetí varias veces. Sobre todo con Barrerita hasta que se casó, tres años después, con mi hermana mayor. Era muy especial.



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